lunes, 20 de noviembre de 2006

La indumentaria en la Edad Media






Historia
La modestia y el pudor de los cristianos por una parte, la invasión de los bárbaros después y la influencia del imperio bizantino en seguida determinaron el cambio del traje en Occidente desde los primeros siglos de la Edad Media, aunque siguiendo por entonces con el fondo romano. Cesó por completo el uso de la toga ya casi olvidada (salvo para algunos actos oficiales) después del siglo de Augusto. Se usaron más las bragas (especie de pantalones) tomándolas de los bárbaros y ellas o las calzas se llevaban muy sujetas desde el tobillo a la rodilla por medio de correas entrelazadas. Se adoptaron asimismo las calzas, a menudo confundidas con las bragas pero que se diferenciaban de éstas en ser como nuestras medias pero de paño o de cuero y por lo general muy elevadas y de variados tamaños. Las túnicas siguieron usándose cortas sobre las bragas o calzas pero con mangas. En cambio, las capas o mantos eran más amplias en uno u otro sexo y las mujeres las llevaban sobre túnicas talares. Se usaban también las clámides como en la época romana.

Influencia bizantina
La influencia bizantina llevó a los reinos de Occidente el fausto oriental de las amplias túnicas y anchos mantos de lana y seda con bordados de oro y pedrería, muy en boga durante la época carovingia para trajes de ceremonia y para la gente distinguida. Pero la vulgar continuaba con sus calzas o bragas, su sayo o túnica corta y ceñida y su manta, que los visigodos llamaban striges cuando era fina y listada y borda si era de tela basta.

Influencia árabe
La invasión de los árabes influyó notablemente en la vestimenta de los pueblos sometidos quienes adoptaron sus zaragüelles o anchos calzones y sus hábitos casi talares, su faja y su turbante y su gorro semicónico. Pero entre los que lograron la independencia, como los españoles en la Reconquista, el influjo se limitó a la adopción de alguna que otra pieza y al uso de tisúes y otras telas de seda con franjas para la gente rica desde el siglo X. Las prendas más comunes de procedencia morisca entre los españoles fueron el pequeño turbante para la cabeza y la aljuba o corta túnica, a manera de gabán ajustado en los brazos y a la cintura y provisto de botones incluso a lo largo de las mangas.

La Reconquista
Solían llevar los españoles de la Reconquista, sobre todo desde el siglo XI, dos o tres piezas superpuestas a modo de túnicas (la túnica y la loba o sayo sin mangas, además de la camisa) siendo por lo común la superior de ellas el brial, pieza que en sus diferentes formas se adornaba con bordados y se abrochaba con botones, ajustándose al cuerpo desde la cintura arriba y pendiendo de ésta unos faldones por los lados. Estos faldones (que para algunos, constituyen el verdadero brial) se suprimieron o redujeron notablemente desde mediados del siglo XV quedando el cuerpo superior o jubón solo o con pequeñas faldillas y combinado entonces con las calzas enteras. El bambezo, gunapié, la gonela o gonel y el ciclatón (éste último, siempre rico y de gran vuelo) de que nos hablan los documentos de la Edad Media, fueron túnicas talares que se diferenciaban poco y el sobregonel, como indica su nombre era una especie de sobre todo que al admitir una esclavina o un cuello amplio en el siglo XIII, se llamó garnacha, convirtiéndose en gabardina y gabán cuando se hizo más corto y sin esclavina al final de la época.

Principales prendas

Calzas
Las calzas obtuvieron todo su desarrollo desde el siglo XIII hasta finalizar el XV y se llevaban ajustadas a las piernas desde el pie, hechas generalmente de punto (de lana o seda) y bordadas o adornadas. Había diferentes formas de llevar las calzas.
se llamaban bermejas las de color rojo y eran propias de nobles
las calzas italianas eran listadas de arriba abajo y de dos colores diferentes
a la española
ahuecadas
etc.
Antes de dicha época, se había introducido ya el uso aunque menos frecuente de las calzas o medias calzas pero siempre debajo de las túnicas cortas o de los briales pero desde principio del siglo XV fueron suprimiéndose las túnicas y para lucir la gentileza del talle se adoptaron los jubones y corpiños, junto con las calzas enteras.

Faldas
Las mujeres tomaron por entonces las faldas, también con los jubones y suprimieron la túnica. Toda esta innovación del traje comenzó en Italia, pero no tardó mucho en irse extendiendo por el resto de Europa aunque al principio solo fuera adoptada por los juglares y los pajes de los grandes señores. A España, llegó la moda a mediados de dicho siglo y se extendió en el siguiente.
La falda consistía en una pieza de tela cuadrangular con un agujero en el centro, por el que se ajustaba a la cintura, quedando cuatro picos en la parte inferior. En el Quijote aparece una condesa Trifaldi, que explica lleva una falda triangular con tres picos.

Prendas de abrigo
Para abrigo y vestidura exterior, se llevaban en la Edad Media diferentes mantos y capas, además de los sobretodos antes nombrados. En los primeros siglos, se usó la capa romana abrochada con fíbula por delante o sobre el hombro derecho y también la guasapa o capa con capuchón. Siguió después el albornoz (de imitación arábiga) que era otra capa cerrada hacia el pecho pero abierta y de gran vuelo por abajo y en los últimos siglos de la época se acortaron la capa y los sobretodos que antes llegaban hasta los talones. Y en fin, se usaron otras prendas de que nos dan cuenta los autores del siglo XV, censurando el lujo desmedido (véase, el Arcipreste de Talavera).
Prendas para la cabeza
Para cubrir la cabeza estaba en uso entre los hombres de aquella época el sombrero o casquete cilíndrico o semiesférico o un turbantillo a modo de pañuelo enrollado mientras que las damas solían llevar una cofia terminada en puntas.

Calzado
Para calzado servían según la clase social del sujeto, las antiguas sandalias, los zuecos, los borceguíes y los zapatos muy puntiagudos e incluso las mismas calzas, que a menudo llevaban adheridas al pie unas suelas puntiagudas y largas. Las señoras elegantes calzaban en los siglos XIV y XV altos chapines, especie de chanclos con corcho muy grueso sobre la suela, costumbre que se extendió hasta el siglo XVII.

lunes, 13 de noviembre de 2006

utopia

Utopía y Distopía ,

el hombre ante su destino


“No hay más tierra prometida que la que

el hombre puede encontrar en sí mismo”

Alejo Carpentier,
“El Siglo de las luces”

En la mayor parte de las religiones y cosmogonías se supone que en el principio de los tiempos, la humanidad vivía en un estado de felicidad completa; estos arquetipos míticos o religiosos resurgen con especial vitalidad cuando los hombres enfrentan tiempos difíciles y críticos. De este anhelo surge la utopía como sueño de un sistema de vida verdaderamente justo y agradable, como una visión tranquilizadora de un porvenir opuesto a la realidad.

A través de los siglos gran número de hombres se persuadió de que le había tocado vivir el fin de los tiempos, interpretando cada suceso nefasto como el anuncio premonitorio de un inminente colapso. Este sentido apocalíptico, que preside al devenir occidental, ha sido transmitido en gran medida a través de la fe cristiana, donde la ciudad terrenal es solo un anticipo de la venidera ciudad celestial, en la que no habrá más señores y esclavos, sino que todos comulgarán en el nivelador amor a Dios.

Pero para comprender mejor a que responde la utopía es necesario hacer un poco de historia, y volver a Grecia, cuna del pensamiento occidental, donde surge la primera utopía que sirvió de modelo a las demás, “La República” de Platón:

“Mi republica existe sólo en nuestra mente, puesto que

no está en parte alguna de la tierra, por lo menos como

yo la imagino”

Aparece así el “U-Topos”, ningún lugar, que no es más que un anhelo, una expresión de deseo. Esta utopía de Platón influyó más tarde en la iglesia, así aparecerá “la ciudad de Dios”, la utopía de San Agustín.

Durante la Edad Media, en los Siglos XI y XII, las imágenes aterradoras del Apocalipsis cobran vida en la imaginación colectiva de una humanidad castigada por la peste, la guerra y el hambre, es ante este panorama que la utopía del paraíso celestial parece ser el único consuelo, la última esperanza. Posteriormente, el Papa Urbano II predicará la cruzada, y con ella reaparecerá nuevamente en la mente europea la ilusión de la tierra prometida. Esta vez la utopía aparecerá bajo una nueva faz, ya que para quienes se incorporen a las huestes de la iglesia habrá, además de premios espirituales (como expiar los pecados y un salvoconducto directo al paraíso), la recompensa de la fastuosa riqueza oriental; la utopía se aleja del plano de las ideas platónicas para hacerse más tangible.

Luego del fracaso de las cruzadas, entre los siglos XII y XIV, las masas se sustraen de la tutela de la iglesia, un nuevo interrogante surge entre los hombres: ¿No será más conveniente para servirle mejor a Dios, adueñarse de la riqueza terrenal que renegar de ella?, ¿no es mejor para el alma administrar bien los bienes temporales por Dios otorgados que vivir deseándolos en vano? Llega así el Renacimiento que pregona la dicha del hombre sobre la tierra.

En pleno renacimiento Rabelais idea su propia utopía, una abadía no sujeta a norma alguna, o sea ajena a la disciplina y el ascetismo monásticos contrarios a la libertad de pensamiento y a la expresión sin trabas de lo humano. La abadía de Theleme simboliza la convicción renacentista de que las religiones ignoran la libertad y la dignidad humanas.

El descubrimiento de América introduce un nuevo factor en la ensoñación humana centrada en la aspiración a la felicidad terrena, las cartas de relación y las crónicas de viaje de Colón robustecerán la fe en la existencia del buen salvaje. El nuevo mundo también inspirará a Tomás Moro en su obra “Utopía”, a él se sumarán Bacon, Hartlib y Campanella, todos ellos exteriorizando el ideal renacentista de alcanzar la ventura del hombre durante su vida. Incluso Cervantes, un poco después, se hará eco de las utopías renacentistas en el Quijote. Sus novelas pastoriles describen un mundo bucólico donde reina la paz y la abundancia en un ambiente sencillo y primitivo, pero es en los capítulos de la segunda parte de “Don Quijote”, dedicadas a la “Ínsula de Barataria”, donde presenta el ideal de gobierno en los consejos de Don Quijote a Sancho y en la actuación de éste último como gobernante. El utopismo Cervantino no consiste en cambiar la sociedad, ni en suprimir la propiedad (como lo postulan otros autores), sólo pretende imponer justicia, ayudar al pobre, obrar según la verdad y la benevolencia.

Durante el siglo XVIII, siglo de las luces francés, las utopías se multiplican. La especulación utópica será la válvula de escape para un pueblo y una burguesía que ven sus reivindicaciones ignoradas por el absolutismo monárquico. Estas utopías plantean que la civilización y la propiedad privada corrompen al hombre, bueno por naturaleza, y ven en el sistema comunitario de bienes la salvación de la sociedad. Diderot defendió esta tesis en su obra “Viaje de Bouganville”, donde describe una isla en la que los hombres han alcanzado la dicha abandonándose a la simplicidad de los instintos primarios.

También Voltaire en su novela “Cándido” presenta su utopía: “El Dorado”. Antes de llegar a este país el acompañante de Cándido comenta al pasar por las misiones jesuitas: “Los Padres lo tienen todo, y el pueblo nada” ( una obvia critica a la iglesia), después de atravesar en canoa una caverna pluvial llegan a un país donde los campos son magníficos, las casas lujosísimas, los niños juegan a la rayuela con piezas de oro y piedras preciosas, un lugar donde a los forasteros se le sirven los más exquisitos manjares sin pagar. Pero lo que interesa más a Cándido es que en este país se adore a Dios sin necesidad de que intervengan sacerdotes, pues en El Dorado cada cual es sacerdote a la hora de agradecerle a Dios. Para Voltaire la utopía consistía, ante todo, en la ausencia de conflictos teológicos y en el triunfo de la tolerancia ideológica. Pero lleno de añoranza, a pesar de haber encontrado el paraíso terrenal, Cándido termina volviendo a Europa (una muestra más de la insatisfacción humana, ya que aquel lugar ideal no termina de satisfacerle, no estaba allí Cunegunda). Voltaire además de pensador, también humorista, con el mito de El Dorado ataca al filósofo Liebniz y a los burgueses para quienes “el mundo es el mejor de los mundos posibles”, en este caso la utopía propuesta por Voltaire era mejor.

Quizás la utopía del siglo XVIII que mayor consecuencia tuvo fue el “Emilio” de Rousseau, es la mayor utopía pedagógica de todos los tiempos, en ella plantea un sistema educativo que permitirá al hombre mantener su bondad, inocencia y virtudes naturales; para ello es necesario que el hombre vuelva al estado natural, que mantenga su independencia y libertad a lo largo de la vida, y que no se someta a otra voluntad que la de la comunidad: “cuando uno se entrega a todos, no se entrega a nadie”.

Estas utopías iluministas fueron el germen de la revolución francesa, que inaugurará una nueva era en la historia política del mundo; el pensamiento utópico insistirá en la necesidad de leyes justas y la igualdad entre los hombres. Entretanto la revolución americana hará posible que los filósofos lleven al terreno practico su primer utopía; la declaración de la independencia de los EE.UU. en 1.776 es un perfecto ejemplo de esto; un poco más tarde en Europa, en 1.789, la declaración de los derechos del hombre se convierte en el punto de convergencia de los anhelos de la humanidad.

Ya para el siglo XIX el eje alrededor del cual giran las utopías cambia, y se ve a la ciencia como salvadora de la humanidad. Pero este optimismo dura poco, a comienzos del siglo XX surgen las llamadas distopías. “Mundo feliz” se llamará una novela de Aldous Huxley, en la que se imagina una sociedad revolucionada por la ciencia, donde se priva al individuo del libre albedrío y de conciencia para serlo apto para el cumplimiento social que se le asigna. Ya ni siquiera los jefes políticos necesitan actuar tiránicamente ya que el ciudadano es predeterminado científicamente desde su gestación en un tubo de ensayo. Quizás ésta haya sido la antitopía o distopía más pesimista que se haya escrito contra la fe en el progreso científico que tenía el hombre de esa época:

pero yo no quiero confort. Yo quiero a Dios, quiero la poesía, quiero el verdadero peligro, quiero la libertad, quiero la bondad. Quiero el pecado”

Aldous Huxley, “Brave new world”

El protagonista de esta novela quiere elegir, quiere ser artífice de su propio destino ya sea feliz o nefasto.

Este camino emprendido por la humanidad occidental desalentada e insatisfecha con su realidad nos llevó a la búsqueda de un mundo mejor. Esta búsqueda que se inició con la utopía de Platón (quien buscó la mejor de las sociedades en el plano de las ideas), durante la Edad Media centró sus esperanzas en la promesa de un cielo celestial, más tarde durante el Renacimiento el eje alrededor del cual giraban las utopías se trasladó a la fe en el hombre mismo, para posteriormente en el siglo XIX desplazar todos sus anhelos hacia la ciencia. Este derrotero encontró al hombre en el siglo XX decepcionado, decepcionado de Dios, por su naturaleza humana y por la ciencia; es por eso que las utopías ya no son sino negativas. Hoy en el umbral del segundo milenio atravesamos una crisis de pensamiento, padecemos un síndrome de orfandad: hemos descubierto que debajo el mundo de la verdad racional propuesta por la ciencia se ocultan agujeros negros insondables. El hombre ya no planifica, ni desea lo que no puede tener, sino que trata de evitar lo que con certeza le sucederá: guerra, contaminación, pandemias, Apocalipsis. Ningún Dios lo salvará de sí mismo, no habrá un paraíso esperando al final del camino. Las utopías de hoy hacen referencia a una visión un mundo peor que el nuestro. ¿Cómo podrían idearse utopías, mundos ideales y justos cuando hoy más que nunca contamos con los elementos, con los avances tecnológicos necesarios para hacer un mundo mejor y sin embargo estamos rodeados de injusticia? millones de personas son victimas de pandemias como el sida, otros tantos mueren de hambre en África, Asia y América. ¿ Cómo podemos soñar con un mundo feliz cuando somos incapaces de respetar o tolerar al prójimo, cuando somos incapaces de renunciar a un mínimo de comodidades y libertades egoístas en pos de un poco de bienestar para aquellos que han sido olvidados, avasallados y desprovistos de las cosas más esenciales?

La utopía y la distopía son la misma cosa, son las dos caras de una misma moneda, ambas responden a un mismo patrón: el anhelo de los hombres desesperanzados. Las utopías o distopías de los siglos XX y XXI nos enfrentan con la realidad, con las falsas esperanzas alimentadas por el espíritu humano durante siglos, nos enfrentan con el leviatán que llevamos dentro; para que nos demos cuenta que la verdadera luz se encuentra en lo simple, en cada uno de nosotros, en el hacer cotidiano, en el respeto y tolerancia para con el otro, en el “beatus ille” horaciano, en ser un ser existente, en ser serenamente.

Quizás todo estaría mejor si simplemente cada uno de nosotros hiciera lo que debe hacer, lo que propone Voltaire en la voz de Cándido: “cultivar nuestro jardín”.


Susana Styslo